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03 de febrero de 2015

La justificación del fariseo y el gemido del publicano

“El publicano se golpeaba su pecho diciendo: Dios, ten piedad de mí, pecador”

En el texto bíblico, Jesús nos muestra dos figuras opuestas, la del fariseo y la del publicano. El primero se mostraba a la gente como piadoso, a diferencia del segundo. Mientras que el fariseo se jactaba, tratando de auto-justificarse por medio de sus obras, el publicano suspiraba, pidiendo a Dios que lo justificara. El fariseísmo es el cáncer del culto, una enfermedad que lo destruye; en cambio, el espíritu del publicano es salud que da vida, y piedad verdadera.

Entonces, ¿qué es la piedad verdadera, la justicia y la justificación? Y, en fin, ¿cómo podemos obtener la justicia y en qué forma llegar a ella? No es en vano que Cristo comparó a estos dos hombres sobre la balanza del culto ofrecido, pues la oración revela el interior del hombre y lo muestra en forma transparente. El misterio de la piedad lo definió San Pablo como la encarnación de Cristo, las bodas del hombre con Dios y su unión con Él.

Las obras permanecen como tal, cuando no son ofrecidas en una perspectiva particular. Dios evalúa nuestras obras a su manera, así cuando ofrecemos nuestras obras en vistas a la unión con Él, estas se vuelven virtudes verdaderas. Esta distinción es necesaria al acercarnos al inicio de la Cuaresma, el período espiritual y de ayuno más importante de la Iglesia.

Las virtudes no son obras nuestras, sino la obra del Espíritu Santo en nosotros. La vida espiritual no es la vida moral en el sentido estricto y popular de la palabra, sino es la vida del Espíritu que nos mueve. Un hombre espiritual es aquel que sometió su cuerpo a su alma, y sujetó su alma al Espíritu del Padre. Las obras de este hombre son justas; son los frutos de esta vida. Y la justicia de esta vida es la relación viva con Dios y la unión con Él.

San Gregorio Palamás dice: “Todo lo que se hace por medio de nosotros, pero sin que sea obra de Dios en nosotros, es un pecado”. Así que el camino que conduce a la justicia no es el camino de los logros, de las obras y de los merecimientos… sino que es el camino de la contrición verdadera, y todo lo demás lo hace Dios en nosotros. Lo que determina nuestra justicia es el hecho de cuánto nos comunicamos con el Señor. Esto es lo que hemos visto en el ejemplo de los dos ladrones en la cruz.

La justicia es santidad, y la santidad es deificación. La deificación no es una obra de bien, sino la unión con Dios, con quien sólo se unen los puros de corazón.

Pues la forma práctica de la verdadera justificación, como nos aconseja San Porfirio, el Obispo de Gaza, en el libro de las enseñanzas espirituales, es acusarnos a nosotros mismos y no justificarnos; la contrición y no la propia admiración. Cada uno de los dos, el fariseo y el publicano, tenían una admiración; el primero se admiraba a sí mismo, mientras que el otro admiraba la misericordia de Dios y su amor.

El acusarnos a nosotros mismos es “un bienestar místico”, mientras que justificarnos es un cáncer oculto. El acusarnos es un misterio que sucede cuando nos encontramos con Cristo en la contrición. El justificarnos es un cáncer que nos hace encontrar con nosotros mismos, y nos separa de Jesús, nuestra vida. Pongámonos de pie y oremos como el publicano: “Oh Dios, perdóname a mí, pecador, y ten piedad de mí”.

Estas son las puertas del arrepentimiento, y todo aquel que entra por otra puerta es un ladrón y salteador. Esta es la puerta del cielo. Amén.

El Metropolita Pablo de Alepo, el domingo del fariseo y del publicano, el 9 de febrero de 2014

 
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