• BUSCADOR

NOTICIAS

15 de marzo de 2016

Reflexiones Para La Gran Cuaresma La Oración De San Efrén El Sirio

La Gran Cuaresma es un tiempo de alegrí­a en nuestra vida, porque es el momento cuando nos purificamos del pecado. En ese momento, tanto en la iglesia como en el hogar, en cada momento de oración se reza la oración penitencial de San Efrén el Sirio. De acuerdo con las Reglas de la Iglesia se lee en las Horas y también en toda la santa Cuaresma, excepto los sábados y domingos.

En el Diccionario Enciclopédico de Teologí­a así­ se menciona a San Efrén el Sirio: “San Efrén el Sirio era hijo de un campesino de la ciudad de Ní­sibis en Mesopotamia y vivió en el siglo IV. En la adolescencia era irresponsable e irritable, pero una vez accidentalmente cayó en prisión acusado de robar ovejas, en ese momento se iluminó, tuvo el honor de escuchar la voz de Dios y se humilló y se arrepintió. Después de eso, se dirigió a Jacob de Ní­sibis, con quien estudiaba las Escrituras y llevaba en la montaña un estilo de vida ascético hasta la toma de Ní­sibis en el año 363 por los persas. Desde ese momento, se estableció en la montaña cerca de la ciudad de Edesa, enseñando a la gente, predicado el cristianismo a los gentiles, habiendo renunciado a la dignidad de obispo, que le fue orecida por San Basilio el Grande en Cesárea. San Efrén murió en el año 373 siendo diácono. Dejó una gran cantidad de interpretaciones de la Sagrada Escritura y otras obras que han sido traducidas al griego y que se leen en la iglesia, así­ como oraciones y cantos reconfortantes y la oración penitencial 'Señor y Soberano de mi vida', también muchos escritos de naturaleza ascética.'

1. ¡Señor y Soberano de mi vida!

2. No me des espí­ritu de ociosidad, desaliento, de amor al mando y vanilocuencia. (1 postración)

3. Espí­ritu de castidad, humildad, paciencia y amor, concede a mí­ Tu siervo. (1 postración).

4. ¡Oh, Señor Rey!, concédeme ver mis propios pecados y no juzgar a mi hermano,

5. Porque eres bendito por los siglos de los siglos. Amén. (1 postración).

6. ¡Oh, Dios, purifí­came a mí­ pecador! (12 veces con 12 metaní­as).

(Luego se repite la oración entera): ¡Señor y Soberano de mi vida ....... por los siglos de los siglos. Amén. (1 postración).

Escribiremos ahora las reflexiones que surgen al rezar esta oración:

Reflexiones

1. «Señor y Soberano de mi vida».
Nos dirigimos a Dios: «Señor y Soberano de mi vida».
Eres mi maestro, mi sabidurí­a, mi inspiración y mi consolador.
Tú revelas los misterios del mundo y de la naturaleza.
Tus Mandamientos fueron, son y serán verdaderos siempre y en todos los tiempos - «por los siglos de los siglos». Esto es el testimonio de que Tú eres y que esos mandamientos proceden de Ti.
Quiero vivir como enseñas. Tus Mandamientos son verdaderos. En el cumplimiento de Tus Mandamientos está el camino de mi vida y mi salvación. En ellos está la salvación de mi familia, mis parientes, mis amigos, mi pueblo y todo el mundo.
Señor, fortaléceme en la fe en Ti y en Tu salvadora enseñanza.

2. «No me des espí­ritu de ociosidad, desaliento, de amor al mando y vanilocuencia».
«Lí­brame del espí­ritu de ociosidad, desaliento, de amor al mando y vanilocuencia».
«Espí­ritu de ociosidad ». Señor, no permitas que sea ocioso, vací­o y pasar el tiempo de manera despreocupada. Cada persona tiene conocimientos y talentos otorgados por Ti que deben ser usados para el bien de las personas y para gloria de Dios.
Hay tantas personas que buscan y que no saben que Te buscan a Ti, Señor. A ellos es a quienes hay que ayudarles a encontrarte. Hay tantas personas con quienes – por Tu Providencia – nos relacionamos y a ellos hay que ayudarles, en palabra y acción. Es tan importante ayudar con las acciones, pero es aún más importante ayudarles con la palabra: enseñarles, inspirarlos, acercarlos a Ti – Fuente de todos los bienes, los conocimientos y la sabidurí­a.
Hay tanto que tengo que hacer por mí­ mismo – perfeccionarme espiritualmente – para estar más cerca de Ti, Señor, y ayudar mejor a las personas. Muchos no piensan en los demás, no ven sus penas y no desean ayudarles. Encuentran miles de excusas para no hacerlo.
Señor, no permitas que sea ocioso, vací­o y pasar el tiempo de manera despreocupada.
«El espí­ritu de desaliento ». Señor, no permitas que me desaliente. Quien se desalienta no cree en Tu Providencia y en Tu cuidado por nosotros, no cree que cada uno de nosotros tiene una misión y que todos tenemos nuestra razón de ser. Por eso, siempre hay que creer, rezar, tener esperanza y esperar Tu ayuda.
Señor, no permitas que me desaliente.
«Espí­ritu de amor al mando». Señor, no permitas que me guste mandar a otros, dar órdenes, dirigir y estar siempre en primer lugar, insistir en mis opiniones, ser orgulloso. No permitas que ponga mis deseos por encima de los demás. Concédeme cumplir solo Tu voluntad. Ayúdame a ser humilde y no seguir la corriente contraria de nuestro mundo.
«Bienaventurados los pobres en espí­ritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos » (San Mateo 5:3) es lo que enseñó nuestro Señor Jesucristo en el Sermón de la Montaña. Esto es justamente la falta de amor al mando, esto es la humildad. El principio del crecimiento espiritual comienza justamente con la «pobreza de espí­ritu», es decir, con la humildad. De allí­ procede nuestro perfeccionamiento espiritual y deificación – que son nuestro camino y objetivo final.
Señor, no permitas que me guste mandar.
«Espí­ritu de vanilocuencia». Señor, no permitas que sea vanilocuente – decir palabras vanas, hablar de cuestiones vacuas que no son necesarias para nadie. No permitas que peque de verborragia, conversaciones fútiles que producen la condena, la crí­tica y la reprobación.
Concédeme sabidurí­a cuando hablo con otras personas, y que recuerde la fuerza de la palabra, tanto las buenas como las malas. Por medio de la palabra el hombre puede cambiar hacia mejor o hacia peor. Señor, concédeme la sabidurí­a y el conocimiento para poder sembrar Tus buenas y sanadoras palabras – sembrar amor, paz, tranquilidad, sosiego, perdón, entendimiento y conciliación.
El mismo Señor Jesucristo no enseña sobre la fuerza de la palabra: «Mas yo os digo, que toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el dí­a del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado» (San Mateo 12:36-37). San Efrén el Sirio dijo que: «El silencio es el sacramento del siglo futuro, y las palabras son el arma de este tiempo/mundo».
Señor, no permitas que sea vanilocuente.

3. «Espí­ritu de castidad, humildad, paciencia y amor, concede a mí­, Tu siervo».
«Espí­ritu de castidad». Ayúdame Señor, Dios, a ser casto. (Diccionario de Dal: casto – aquel que se conservó en estado de pureza virginal o pureza matrimonial, incorrupto). Ayúdame Señor ser moralmente limpio: en mis acciones, en palabra y pensamiento.
La enseñanza de la castidad se desprende del séptimo mandamiento del Antiguo Testamento («No cometerás adulterio ») y las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo en su entendimiento más profundo. Él decí­a que el pecado no consiste sólo en el adulterio, sino aún en una mirada impura dirigida hacia una mujer: «todo aquel que mire a una mujer con deseo, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón » (San Mateo 5:28). Cuando los antiguos hebreos empezaron a acusar a Jesucristo en que Él enseñaba algo nuevo, Nuestro Señor Jesucristo les contestó « No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas: no he venido para abrogar, sino a cumplir » (San Mateo 5:17).
Siguiendo las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo los cristianos ortodoxos interpretan los Diez Mandamientos de manera amplia. Los Mandamientos son como el tí­tulo o una anotación estenográfica de todo una cosmovisión. Por ello, el pecado no consiste sólo en la transgresión de los Mandamientos, sino que cualquier acto que lleve a la transgresión del Mandamiento también es pecado. De esta manera, el Séptimo Mandamiento se interpreta de la siguiente manera: «Se prohí­be la violación de la fidelidad conyugal y todo amor ilegí­timo e impuro. Se debe guardar la pureza de los pensamientos, los deseos, las palabras y las acciones. Se debe evitar todo aquello que puede provocar sentimientos impuros (en uno y en los otros): insinuaciones indecentes, dobles sentidos, bromas, imágenes, pelí­culas, libros, canciones, danzas, vestimenta ». Para vivir de manera pura y recta con su cónyuge ante Dios, obligatoriamente se debe tener la bendición de la Iglesia en el Sacramento del Santo Matrimonio.
El padre Serafí­n Slobodskoy en su famoso libro «Catecismo para la familia y la escuela» en la pág. 581 escribe: «Con el Séptimo mandamiento, el Señor prohí­be el adulterio, es decir, la infidelidad hacia el cónyuge y todo amor ilegí­timo. Dios les prohí­be al marido y a la esposa a romper los lazos de fidelidad y de mutuo amor. A los solteros, Dios les indica guardar pensamientos y deseos puros, ser castos en palabra y obra, en pensamiento y deseo. Para cumplir con esto es necesario evadir todo lo que haga surgir sentimientos impuros en el corazón: obscenidades, canciones y danzas inmodestas y desvergonzadas, juegos, pelí­culas y fotos sugestivas, libros inmorales, ebriedad, etc. La palabra de Dios nos manda mantener nuestros cuerpos en la pureza, porque nuestro cuerpo es Miembro del cuerpo de Cristo y templo del Espí­ritu Santo. Los fornicadores, y todos los que se entregan a actos o imaginaciones lujuriosas pecan contra sus propios cuerpos, ellos debilitan la salud de sus cuerpos, inyectan enfermedad en ellos y deterioran su capacidad espiritual, especialmente su imaginación y memoria».
Ayúdame, Señor Dios, a ser casto en el sentido más amplio de esta palabra.
«Espí­ritu de humildad, paciencia». Ayúdame Señor a ser humilde, tranquilo, a no indignarme vanamente, ayúdame a ser paciente. Todos estos pecados nublan nuestros ojos espirituales y no vemos las cosas como son. La humildad y la paciencia soluciona muchas dificultades. Ayúdame Señor a ser humilde y paciente.
«Espí­ritu de amor». «Dios es amor» (I Juan 4:8). Tú, Señor Dios, eres amor y tus enseñanzas personifican el amor. Tú nos has explicado qué es el amor. Todas Tus enseñanzas son amor y la expresión del amor y de una buena predisposición hacia el prójimo.
Ayúdame Señor amar a todos con mis palabras, acciones y pensamientos. Ayúdame a recordar que el amor es el amor al prójimo, la benevolencia, la buena predisposición, el cuidado por el prójimo, es ayudar a las personas, y como mí­nimo, brindarles una sonrisa y un saludo. El verdadero amor es contrario al amor propio y al egoí­smo. El amor es la llave a una vida correcta y fructí­fera. Concédeme amor, Señor Dios.

4. «¡Oh, Señor Rey!, concédeme ver mis propios pecados y no juzgar a mi hermano ».
«Señor Rey, ayúdame a ver mis pecados y no juzgar a otros».
El juzgar a otros es un pecado muy grande que surge de nuestro amor propio, de la falta de benevolencia y envidia de los demás. Generalmente, no percibimos nuestros pecados, los justificamos, nos parecen insignificantes. Mientras que claramente vemos los pecados de los demás, hasta los más pequeños. Nuestro Seños Jesucristo nos enseñó en el Sermón de la Montaña « Y ¿por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu ojo?» (San Mateo 7:3). Para no caer en el pecado de la condena, es necesario aprender a ver nuestros propios pecados, entonces nos será más fácil tolerar las debilidades de los otros y tenderemos a juzgarlos menos.
Señor, ayúdame a ver mis pecados y no juzgar a los demás. 5. «Ya que eres bendito por los siglos de los siglos. Amén». El final de la oración: Señor, que seas bendito en todos los tiempos. Amén.
Señor, que estés Tú y Tu Santa Voluntad siempre y en todo lugar. Amén.

 
Horario de los Oficios
Visitas al templo
Casamientos y Bautismos
Oficios Religiosos en otros templos
Velas eclesiasticas
Brasil 315 - San Telmo - Tel.: 4361-4274
Hermandad San Sergio