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09 de noviembre de 2018

Confiad, soy Yo!

Y luego Jesús hizo a sus discí­pulos entrar en el barco, e ir delante de él a la otra parte del lago, entre tanto que él despedí­a á las gentes. Y despedidas las gentes, subió al monte, apartado, a orar: y como fue la tarde del dí­a, estaba allí­ solo. Y ya el barco estaba en medio del mar, atormentado de las ondas; porque el viento era contrario.

Mas a la cuarta vela de la noche, Jesús fue a ellos andando sobre la mar. Y los discí­pulos, viéndole andar sobre la mar, se turbaron, diciendo: Fantasma es. Y dieron voces de miedo. Mas luego Jesús les habló, diciendo: Confiad, yo soy; no tengáis miedo.

Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si tú eres, manda que yo vaya a Ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro del barco, andaba sobre las aguas para ir a Jesús.

Mas viendo el viento fuerte, tuvo miedo; y comenzándose a hundir, dio voces, diciendo: Señor, sálvame. Y luego Jesús, extendiendo la mano, trabó de él, y le dice: Oh hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Y como ellos entraron en el barco, se sosegó el viento. Entonces los que estaban en el barco, vinieron y le adoraron, diciendo:

Verdaderamente eres Hijo de Dios. (Mat 14:22 -33)

¿Cómo ayudó el Señor a Sus discí­pulos cuando pasaron por una adversidad? Con las palabras 'Yo soy'. Él no les prometió un tiempo tranquilo, no ordenó las olas que se aquietaran, ni preanunció un puerto cercano.

Todo esto lo podrí­a hacer, pero el enfoque está en el hecho de que ellos debí­an hacer cesar su temor a partir del momento en que el Señor vino a unirse a ellos.

Esta frase encierra lo que es realmente necesario para nosotros y que habitualmente olvidamos. Lo que importa no es que Él aplaque la tormenta, que nos alivie en una determinada situación inquietante, sino Él quite el temor de nosotros. Él no quiere aplacar la tempestad, sino venir a nosotros, estar con nosotros en medio de ella. Es precisamente eso lo que Le debemos pedir, pues nada más allá de Él podrá calmarnos.

Y tú ya has experimentado la visión de Cristo viniendo a ampararte en el camino de la tempestad de tus lágrimas y desesperación, ¿serás entonces capaz de olvidar tal momento de tu vida? ¿Ese momento de inmensa alegrí­a para tu corazón atormentado? Esa bienaventuranza visión celestial es la que nos hace comprender lo que significa 'bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados' (San Mateo 5,4).

No intentemos elegir nuestro propio destino, nosotros que somos incapaces de prever las cosas, aceptemos con humildad el camino que el Señor nos indica. ¡Y no temamos! 'No tengas temor de las cosas que has de padecer' (Rev. 2,10).

 
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