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22 de abril de 2019

Semana Santa (o de la Pasión)

Oficio del Novio (Lunes, Martes y Miércoles Santos)

“A la media noche se oyó un clamoreo: Ahí­ el esposo, salid a su encuentro”
(Mateo 25, 6)

El oficio del Novio es el umbral para entrar en la Semana Santa. Es el oficio de los maitines de los tres primeros dí­as de esta semana que se celebra, desde hace unas décadas, en la tarde que precede el dí­a en cuestión por razones pastorales, para que los fieles puedan participar del mismo.

El himno principal del oficio resume el enfoque general de atención y de vigilancia de estos dí­as: “He aquí­ el Novio que llega a medianoche; bienaventurado, pues, el siervo que Él le encontrará despierto, pero a quien no encontrará listo, es indigno. Entonces mira alma mí­a que no te quedes dormida, ya que se cerrará la puerta del reino y serás entregada a la muerte; pero quédate alerta exclamando: Santo, Santo, Santo eres Tú, oh Dios… ”. Este himno transcribe, en realidad, la parábola de las diez ví­rgenes, quienes tomaron sus lámparas para encontrar al esposo, pero, mientras que las cinco necias no tomaron consigo aceite, las cinco prudentes, sí­ precavidas, lo tomaron. “Como el esposo tardaba, se adormilaron todas y se durmieron. A la media noche se oyó un clamoreo: Ahí­ el esposo, salid a su encuentro… Las que estaban prontas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta”
(Mateo 25, 1-12).

Por la cuaresma, hemos ya preparado nuestra alma, revestida por las virtudes, para éste encuentro, para éstas bodas. Pero, en este último momento, todo se pone a prueba; hemos de velar, sino perderemos la oportunidad de nuestra vida, de recibir al Novio, a nuestro Señor. Lo encontraremos en la íšltima Cena, en la pasión salvadora y en la resurrección gloriosa. En éstos dí­as nos uniremos a Él en la santa comunión.

He aquí­, pues, el objetivo de velar: realizar la unión mí­stica del alma con el Señor. La boda es la imagen bí­blica por excelencia para expresarla. De ahí­ entendemos la insistencia en usar un vocabulario especial, como de novio y de cama nupcial. Pero, ¿quién puede tener la certeza de que sea digno para participar de esta boda? En realidad, nadie. Por ello, otro himno refleja esta preocupación: “Estoy mirando a Tu cama nupcial decorada, oh Salvador mí­o, y no tengo una vestimenta apropiada para entrar allí­; ilumina, pues, la vestimenta de mi alma y sálvame” (Exapostelario). El evangelio nos advierte en caso de que descuidad, no nos presentemos de manera decente; la parábola del rey que preparó el banquete de boda a su hijo lo ilustra: “Entrando el rey para ver a los que estaban a la mesa, vio allí­ a un hombre que no llevaba traje de boda, y le dijo: Amigo ¿cómo has entrado aquí­ sin el vestido de boda?” (Mateo 22, 11-12). El alma humilde, en pleno conocimiento de su pobreza, pide al Señor que le arrope con una vestimenta apropiada para la boda. Es una disposición necesaria para entrar en el banquete del reino mesiánico.

Por otra parte, la Iglesia prevé una procesión del í­cono del Novio mientras que se canta el himno principal del oficio. Es el í­cono del Señor con “una corona de espinas” puesta sobre la cabeza, y vestido con un “manto de púrpura” (Juan19, 2), después de haber sido azotado. Al finalizar la procesión, se pone ante la puerta real del iconostasio para que los fieles puedan venerarla. Es extraño elegir a un novio en esta situación precisamente, ya que la Iglesia podrí­a elegir un momento menos doloroso o traumático, pero no tan bello. Pero, a propósito, entendió que éste era el momento más bello de la vida del Señor, cuando mostró la plenitud de su amor y de su humildad para con nosotros. La Iglesia quiso que lo recordemos en el momento en que recibió de nuestra parte toda nuestra indeferencia e ingratitud, toda nuestra burla y odio, toda nuestra ferocidad y debilidad, etc., todo el peso del pecado que yací­a sobre la humanidad. Por ello, no tenemos vergíüenza de mostrar a nuestro novio desgraciado, porque es la prueba de su amor infinito para con nosotros. En efecto, es el momento más bello.

Ahora bien, el Señor viene para estar acompañando en el camino hacia la crucifixión y la resurrección. Nosotros, pues, exclamamos: “Hoy amanece al mundo la luz de la salvación; el juez invisible y manifiesto en la carne será matado por los hombres sin ley. En este dí­a, amanece la luz de la pasión salvadora. Vayámonos, pues, a su encuentro, Oh enamorados de las fiestas, porque el Creador traerá su cruz y sufrirá para salvar al hombre”. Amén.

+Metropolita Siluan (Iglesia de Antioquia)

Jueves Santo

Venid, fieles, gocemos de un banquete señorial y de una mesa inmortal en el lugar alto y con nuestras mentes elevadas, habiendo aprendido palabras sublimes del Verbo, a Quien magnificamos
(Himnos del canto 9° del canon del Jueves Santo)

El servicio del Jueves Santo es dedicado a la conmemoración de la Cena Mí­stica (o Santa Cena), el lavado de los pies de los discí­pulos por Jesucristo, la oración de Jesucristo en el jardí­n de Getsemani y Su traición por Judas.

En este dí­a nuestro Señor, en la Mí­stica Cena, instituyó la Santa Eucaristí­a para que todos los fieles comulguemos de su Purí­simo Cuerpo y Preciosa Sangre en cada Divina Liturgia.

El tropario del Jueves Santo describe inmejorablemente los sucesos de este dí­a y el pensamiento que debe reinar en el alma de cada cristiano hoy: “Cuando los gloriosos apóstoles eran iluminados en la Cena, durante el lavado de los pies el impí­o Judas fue oscurecido con la enfermedad de la codicia, y a inicuos jueces te entregó a Ti que eres el Justo Juez. Mirad al amante de la riqueza, quien por causa de su codicia se ahorcó; huye del alma insaciable que se atrevió a tal extremo contra el Maestro. ¡Señor, quien por sobre todo eres bueno, gloria a Ti!”

En este dí­a, por la mañana se sirve la Liturgia de San Basilio el Grande, la cual es combinada con Ví­speras en conmemoración al hecho que el Señor estableció el Misterio de la Comunión durante la noche. Durante la Gran Entrada, en vez del Himno a los Querubines se canta la oración que siempre leemos antes de la Comunión: “Admí­teme hoy a tu Mí­stica Mesa, ¡oh, Hijo de Dios! Porque no revelaré este misterio a tus enemigos, no te daré un beso como Judas, sino como al ejemplo del buen ladrón, te confieso: ¡Acuérdate de mí­, Señor, en Tu Reino!”.

Viernes Santo

“Hoy es colgado en el madero Aquel que colgó la Tierra en las aguas, se Le coloca una corona de espinas a Aquel que es el Rey de los ángeles; es vestido con un manto falso Aquel que vistió con nubes al cielo… Nos prosternamos ante tus sufrimientos, ¡oh, Cristo!”
(Antí­fona de los Matutinos del Viernes Santo)

En los servicios de Viernes Santo conmemoramos los sufrimientos del Salvador en la Cruz, Su muerte y funeral. En los Matutinos, que son oficiados en el anochecer de Jueves Santo (como todos los Matutinos que son oficiados la noche anterior del dí­a al que corresponde) tiene lugar la Lectura de los Doce Evangelios. Éstos son selecciones de los cuatro Evangelios que proclaman la Pasión del Salvador, comenzando con Su conversación final con los discí­pulos en la Cena Mí­stica, y finalizando con su funeral en el jardí­n por José de Arimatea y la colocación de la guardia militar en su Tumba. Durante las lecturas, los fieles sostienen velas encendidas, que son sí­mbolos de la gloria y la magnificencia que el Señor no perdió durante el periodo de su sufrimiento, y del ardiente amor por nuestro Salvador.

Este oficio de la lectura de los 12 Evangelios, por conmemorarse los sufrimientos del Señor y su muerte en la Cruz, es uno de los oficios más importantes del año. Todos los cristianos ortodoxos debemos asistir este dí­a al templo, con nuestras mentes elevadas por encima de todo lo terrenal y cotidiano, con nuestro entendimiento concentrado en nuestra indignidad. Ya que Cristo soportó los sufrimientos y murió voluntariamente a causa de esta indignidad nuestra, a causa de nuestros pecados.

El Viernes Santo se celebran las Horas Reales, pero este dí­a la Liturgia nunca se oficia, ya que hoy el Señor se ofreció a Sí­ Mismo como sacrificio.

A la novena hora (3. P.M). se ofician las Ví­speras, que es la hora de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz. En este oficio se conmemoran Su retiro de la Cruz y Su funeral.

Con el canto del Tropario: 'El noble José, habiendo bajado Tu purí­simo Cuerpo del Arbol...,' el clero toma la Mortaja Fúnebre (un icono) de Cristo yaciendo en la Tumba (llamado 'Plaschnitsa' en ruso y 'Epitafion' en griego) desde la Santa Mesa, como si fuera el Gólgota, y lo lleva del Altar al centro de la iglesia, precedido por cirios e incienso. Es colocado sobre una tarima especial preparada que representa una tumba, y el sacerdote y todos los presentes se postran ante Él y besan las heridas descriptas, el costado atravesado y las impresiones de los clavos en las manos y los pies. El Epitafion es dejado en la iglesia por tres dí­as, desde la tarde del Viernes, durante el Sábado hasta los primeros momentos del Domingo, en conmemoración de los tres dí­as de entierro de Cristo.

Sábado Santo

Los oficios están dedicados a la conmemoración del tiempo que Jesucristo permaneció 'corporalmente en la tumba, en el Hades con el alma como Dios, en el Paraí­so con el ladrón y en el trono con el Padre y el Espí­ritu Santo, Quien todo lo llena, el Inexpresable', y finalmente, la Resurrección del Salvador de la tumba.

En los Matutinos, luego de la Gran Doxologí­a, el Epitafion es cargado por los sacerdotes fuera de la iglesia, al canto de 'Santo Dios...' y seguido por los fieles, y es llevado alrededor del templo en conmemoración del descenso de Jesucristo al infierno y Su victoria sobre el Hades y la muerte. Luego de esto, es traí­do de vuelta dentro de la iglesia, es llevado a través de las Puertas Reales al Altar como un sí­mbolo de que el Salvador permaneció inseparable de Dios Padre, y que con su sufrimiento y muerte Él nuevamente abrió las puertas del Paraí­so. Durante este momento el coro canta: 'Cuando el noble José...' Cuando el Epitafion es colocado nuevamente en la tumba en el centro de la iglesia, se dice una letaní­a y se lee la profecí­a de Ezequiel, concerniente a la resurrección de los muertos. La Epí­stola que se lee luego de la profecí­a instruye a los fieles que Jesucristo es la verdadera Pascua para nosotros, y el Evangelio nos relata cómo el alto sacerdote, con el permiso de Pilatos, puso una guardia en la tumba del Señor y la selló.

La Divina Liturgia es más tardí­a que en cualquier otro dí­a del año y es combinada con Ví­speras. Luego de la Entrada de Ví­speras y el canto de: 'Oh suave Luz...' comenzamos a leer las quince lecturas del Antiguo Testamento, que contiene todas las anunciaciones y profecí­as de la salvación de la humanidad a través de la Pasión y Resurrección de Jesucristo.

Luego de la lectura de éstas y de la Epí­stola, comienza el prefestivo de la Resurrección de Cristo. El coro empieza con el canto suave de: 'Resucita, oh Dios, juzga a la tierra, ya que Tu heredarás en todas las naciones'. Mientras, en el Altar y en toda la iglesia se reemplaza las vestimentas negras por blancas. Esto es la imagen del acontecimiento en el cual las Mujeres Miróforas, temprano por la mañana 'aún estando oscuro', vieron en el Sepulcro de Cristo a un ángel vestido en túnicas blancas y oyeron de él la alegre noticia de la Resurrección de Cristo.

Luego de este canto el diácono, vestido con vestidos claros, al igual que el ángel, sale al centro del templo frente al Epitafion y por medio de la lectura del Evangelio anuncia al pueblo sobre la Resurrección de Cristo. Luego continúa la Liturgia de San Basilio el Grande con su orden normal.

El Sábado Santo es un dí­a de especial concentración silenciosa en la obra de la salvación del género humano, hecha por Jesucristo Dios-Hombre. La animosidad del creyente en el Sábado Santo, se describe en la oración que se canta en vez del Himno a los Querubines: “Que enmudezca toda carne humana, y que permanezca con temor y temblor, y que no piense en nada terrenal…”.

Después de esto, los fieles piadosamente esperan la llegada de la medianoche, en la cual comienza la Radiante Alegrí­a Pascual de la grandiosa festividad de la Resurrección de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

La alegrí­a Pascual es una alegrí­a santa, la cual no tiene y no puede tener igual en la tierra. Es una interminable felicidad de la Vida Eterna y la Bienaventuranza. Ella es justamente esa felicidad de la cual habló el Mismo Señor: 'Se alegrará vuestro corazón, y vuestra alegrí­a nadie os la quitará' (Juan 16:22).

Fuente: “La Ley de Dios”, del Protop. Serafí­n Slobodskoy

 
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