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05 de enero de 2017

Epístola de Navidad de 1935 de San Juan (Maximovich), Arzobispo de Shangai y San Francisco

¡Cristo ha nacido, glorificadle! ¡Cristo ha descendido de los Cielos, buscadle! ¡Cristo está en la tierra, elevaos!

¡Viene a la tierra, Aquel que se posa sobre los querubines!    ¡Nace en este mundo pecador, Quien eternamente nace del Dios Padre! ¡Desde las alturas celestiales viene el Rey del Universo hacia el hombre, profundamente caído en el pozo del pecado y la incredulidad!   

¡Revivid espiritualmente todos los que moran en la tierra! ¡Hacia ustedes y a causa de ustedes viene el Hijo de Dios!    No para castigo y juicio, sino para nuestra salvación.   

Ya está aquí, en el pequeño Belén, en un pobre pesebre. ¿Por qué esta pobreza? ¿Para qué vino a esta estrecha tierra, a esa pequeña ciudad Aquel Quien puede contener los cielos?   

Para encontrar al “hecho poco menor que los ángeles”, al hombre creado a imagen de Dios.   

Como buen pastor, deja en las montañas a las 99 ovejas para ir en busca de una perdida. Porque así de insuficientes le son al Señor las incesantes glorificaciones de los incontables coros angelicales, que va a llamar para que se una a la glorificación a la generación humana “hecha poco menor que los ángeles” pero no perdida.

Como una mujer que ha perdido una dracma, barre celosamente el piso para encontrarla, del mismo modo el Señor recorre el mundo pecador para purificarlo.

Entre los cantos angelicales escuchó Dios el gemido de la sufriente humanidad, y desde la plenitud de la gloria celestial ve la negrura de la tierra. Y va el Señor a darle a la tierra esa gloria celestial y a los hombres la bienaventuranza angelical.   

¡Con cuánta gratitud a Él se deben llenar nuestros corazones! ¡Con qué sonoras salutaciones originadas en lo más profundo de nuestras almas debemos recibir al Cristo! Porque Su amor se propaga a cada uno de nosotros y a cada uno de nosotros nos quiere elevar al cielo.

¿Cómo lo recibiremos? ¿Qué dignos dones le ofreceremos? “¿Qué te ofreceremos, Cristo, por haber aparecido en la tierra como hombre por nuestra causa?”

Toda la creación de Dios se apura a venerar al Rey nacido, Su Creador. Los ángeles le ofrecen el canto, el cielo – la estrella, los Reyes – los dones, los pastores – su piadoso asombro, el desierto – el pesebre, el género humano – a la Virgen Madre.

¿Qué le ofreceremos cada uno de nosotros de nuestra parte?

“¿Con qué me presentaré ante el Señor para adorar al Dios Celestial?

¿Me presentaré ante Él con holocaustos, con becerros de un año?”
(Miqueas 6:6), se preguntaba alguna vez el Rey Balac de Moab.

“¡Oh hombre!, se te ha dicho qué es lo bueno y qué pide de ti el Señor: solamente actuar rectamente, amar los actos de misericordia y andar humildemente delante de tu Dios” (Miqueas 6:8), “Sacrifica a Dios alabanza, y eleva tus oraciones al Altísimo” (Salmo 49:14).

Por ello, ofrezcamos a Dios incesantes sacrificios de alabanza, es decir, la glorificación como fruto de nuestras bocas. “Así que, ofrezcamos siempre sacrificio de alabanza. Y de hacer bien y de la comunicación no os olvidéis: porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:15-16).

El Señor abrió los Cielos para nosotros que estamos en la tierra. Abramos también nosotros nuestras almas y nuestros corazones para el Señor. Que nuestras bocas anuncien Su glorificación, que nuestras manos hagan obras de misericordia.

Junto con la glorificación, ofrezcamos Al Señor que está en el pesebre cada uno de nosotros alguna obra buena hecha desde el corazón. Que la alegría de todo el mundo colme el corazón de cada uno, disipando de nuestro derredor todas las penas y elevando nuestras mentes y anhelos hacia el cielo.

Ya que desde ese cielo se escucha la regocijante buena nueva angelical:

“Que os ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo el Señor” (San Lucas 2:11).

Shangai, 1935

 
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