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08 de mayo de 2017

Semana 4ta Después de Pascua - Del Paralítico

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡Cristo resucitó!

Quiero atraer vuestra atención a tres características de la lectura del Evangelio de hoy. La primera: cuán terrible es escuchar que este hombre estuvo 38 años en la necesidad más extrema, atormentado por una enfermedad corporal, abatido, y no encontró ninguna persona que lo ayudara… Y eso que le ocurrió al paralítico, en la actualidad ocurre con millones de personas: porque nuestro corazón está frío, porque no nos importa que otros pasan hambre, están enfermos, en situaciones espirituales desesperantes, buscan y no pueden encontrar su camino en la vida, en conclusión, encontrar al Dios Vivo. Por ser nosotros tan fríos, millones de personas permanecen en la oscuridad y el frío, en la soledad y la angustia.

La segunda característica del Evangelio de hoy hace referencia justamente a esto: ¿quién de nosotros puede decir que cuando deseaba algo, soñaba con algo, trataba de lograr algo y estaba al lado de otra persona que tenía la misma necesidad, pero desde hace más tiempo; la misma necesidad, pero en mayor escala… quién de nosotros puede decir que se sacrificó, dio un paso al costado y dijo: pasa tú primero, sé tú primera, yo esperaré? Como respuesta de este actuar, el Señor le podría otorgar a esa persona (a cada uno de nosotros, si sólo pudiéramos actuar así) una paz espiritual, una luz que tornaría innecesario aquello que con tanto anhelo buscábamos.

Y finalmente, Cristo le dice al paralítico: Mira, cuídate, no peques más, porque no te venga alguna cosa peor de lo que has vivido... El pecado, por supuesto, se expresa con palabras, pensamientos, acciones, manifestaciones de nuestra voluntad; pero en su fundamento, el pecado, es el apartamiento de Dios, porque Dios es como la llave para nuestra integridad y plenitud. Si nos alejamos de Él, entonces perdemos la posibilidad misma de ser plenos. Y nos separamos de Dios cada vez que actuamos con nuestro prójimo de la manera en la que nuestro Salvador Jesucristo nunca actuaría. Él nos mostró lo que significa ser un verdadero ser humano, pleno, que lleva dentro suyo la paz y la gloria Divinas. Él nos mostró el camino, Él nos previno que aquello que no hagamos a nuestro prójimo, tampoco se los estaremos haciendo a Él, por el contrario, si hacemos algo por nuestro prójimo, se lo haremos a Él también. Porque cuando hacemos algo bueno para una persona que amamos, esa persona no lo olvidará jamás.

Reflexionemos sobre lo que acabamos de leer, de aquellos indicios que intenté hacer llegar a su entendimiento. Y háganlos llegar a su conciencia, su corazón, a su voluntad, y que todo esto florezca en forma de acciones vivas y creadoras. Amén.

¡En verdad resucitó!

 
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