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17 de agosto de 2017

La Transfiguración de Nuestro Señor

Sermón del Metropolitano Filareto (Voznesensky)

¡Qué luminosa es esta gran fiesta! ¡Luminosa y edificante! Recién escuchamos en el Evangelio que nuestro Señor Jesucristo subió al monte a rezar, como le gustaba hacer en algunas circunstancias, alejándose a la soledad. El Evangelio nos relata que mientras Él rezaba y los discípulos, cansados por el ascenso al alto monte Tabor, descansaban y dormían, en ese momento, súbitamente Su Purísimo rostro se iluminó como el sol y sus vestiduras se hicieron más blancas que la nieve. ¡Tanto brillaba su gloria! Y como testigos de este suceso extraordinario aparecieron del reino celestial dos hombres rectos: el profeta Moisés, legislador y quien vio a Dios, y el profeta Elías, quien también fue digno de ver a Dios.

Los apóstoles se despertaron y vieron la Gloria de su Maestro y a quienes estaban con Él. El fervoroso Pedro, adelantándose a los demás como de costumbre, exclamó: “Señor, bien es que nos quedemos aquí” (San Mateo 17:4). ¡Señor, qué bien que estamos aquí! Por cierto, los que han estado en el monte Tabor saben que realmente se está muy bien allí, se siente un espíritu especial! Realmente se está muy bien allí, lejos de la vida terrenal. Y eso es lo que exclama el apóstol y agrega: “Si quieres, hagamos aquí tres pabellones: para ti uno, y para Moisés otro, y otro para Elías”. Pero el Evangelio agrega: “no sabiendo lo que decía” (San Lucas 9:33). Él estaba en un éxtasis espiritual y no se percataba de lo que decía, esas palabras surgieron de su alma misma. Pero cuando los cubrió una nube, de la misma oyeron aquella Voz que ninguna criatura puede escuchar sin estremecerse, porque era la voz del Creador hablándole a su creación. Oyeron ellos las palabras que ya habían sonado sobre el Jordán: “Éste es mi Hijo amado” pero aquí el Señor como Dios Padre agregó– “a Él oíd” (San Lucas 9:35).

El gran pontífice Juan Crisóstomo, con su característico entendimiento del Evangelio, indicó que estas palabras eran necesarias para el apóstol Pedro en especial, porque antes de esto ocurrió lo siguiente: el Señor le preguntó a los apóstoles por quién lo consideraban. Y el apóstol Pedro de parte de todos los discípulos expresó la opinión general que se habían formado diciendo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (San Mateo 16:15-16). El Divino Maestro lo aprobó, y luego, cuando el Señor comenzó a predecir sus futuros sufrimientos, el amante corazón del apóstol Pedro se preocupó, y llamó al Maestro a un lado y en virtud de la amistad humana, el amor y la buena relación y apego a su Maestro le dijo: “Señor, ten compasión de ti: en ninguna manera esto te acontezca!” (San Mateo 16:22). Y escuchó una respuesta después de la cual seguramente su lengua se pegó a su garganta. A ese pedido que surge de la fidelidad y del amor el Maestro le contesta: “Quítate de delante de mí, Satanás; me eres escándalo; porque no piensas en lo que es de Dios sino en lo que es de los hombres” (San Mateo 16:23).

Y entonces dice San Juan Crisóstomo que abatido por esta terrible respuesta, Pedro no se atrevió a proferir palabra sobre este tema, pero en su alma quedó todavía la esperanza de que tal vez eso no suceda, tal vez Su amado Maestro evite ese terrible destino del cual les había hablado. El Dios Padre habló sobre esto: “Éste es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento, á él oíd” (San Mateo 3:17, San Lucas 9:35). Es decir, agregando que es como que el Dios Padre le dice a Pedro: Deja, Pedro, toda objeción y con humildad acepta aquello que debe ocurrir.

El Salvador brillaba como el sol. Sabemos de la vida de los santos que hubo casos en que sus rostros también se iluminaban. En especial nos sobrecoge el relato de la vida de San Sisoes el Grande, quien fue el más asceta de los ascetas, gran ayunador y orante, quien con su palabra resucitaba a los muertos. Cuando se acercaba al fin de su vida y su lecho de muerte estaba rodeado de los monjes de su monasterio, ellos vieron que su rostro se iluminaba cada vez más y entonces él dijo en voz muy baja: “Vinieron los profetas, ahora llegaron los apóstoles”. Él veía a los santos que los demás no veían. Repentinamente su rostro resplandeció como el sol y dijo: “¡Aquí viene el Señor!”. Los que lo rodeaban se asustaron tanto de esa luz que corrieron, y él entregó su recto espíritu resplandeciente a Dios. Lo mismo ocurrió en la vida de San Serafín y en la de otros santos. Cierta vez, entró en la celda del staretz Ambrosio –ornato de la iglesia rusa- su ayudante y otro monje, pero salieron inmediatamente asustados. El rostro del staretz Ambrosio resplandecía como la luz del sol.

   Debemos recordar que no en vano la Iglesia canta en el tropario de la fiesta: “¡Que brille también para nosotros, pecadores, Tu luz eterna!” En el Evangelio leemos: “Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron” (San Juan 1:5). Cuando observamos la vida que nos rodea, vemos que aunque la Luz resplandece, la mayoría no lo puede ver. Las almas fieles ven esa luz espiritual, luz del Evangelio de Cristo, luz de la fe cristiana que alumbra en todos lados. Pero eso solo lo pueden ver las almas fieles, las que, son cada vez menos, lamentablemente … Y eso irá en incremento. Alguna vez, el Salvador del mundo hizo la siguiente penosa pregunta-profecía: “Cuando el Hijo del hombre viniere, ¿hallará fe en la tierra?” (San Lucas 18:8). Eso no quiere decir que no habrá fe en absoluto. Pero los fieles se esconderán de la faz de la tierra. Serán pocos y ellos se ocultarán de las persecuciones, opresiones y acosos. Recordemos, queridos míos, que la Iglesia canta en nombre de cada uno de nosotros: “¡Que resplandezca sobre nosotros, pecadores, Tu luz eterna!” porque hay mucha tiniebla pecaminosa en nuestra vida. Todo cristiano que está atento a sí mismo, no puede dejar de dar fe de que en su vida hay más que suficiente oscuridad pecaminosa y que debemos rezar a Dios para que quite de nuestras almas este pecado espiritual, la tiniebla del pecado y la ilumine con Su Luz Eterna. Amén.

 
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