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01 de octubre de 2017

Sermón de San Juan (Maximovich), arzobispo de Shangai y San Francisco para la fiesta de la Exaltación de la Cruz de Nuestro Señor

La cruz, que antes de Cristo era un elemento de tortura y causaba miedo y aprensión, luego de la muerte de Cristo en la cruz se tornó en medio y símbolo de nuestra salvación. Con ella Cristo venció al diablo, bajó de la cruz al infierno y después de liberar a los que allí sufrían, los llevó al Reino de los cielos. La sola imagen de la cruz es temida por los demonios y, por el contrario, es honrada por los cristianos por ser señal//símbolo de Cristo. El Señor hizo aparecer una cruz en el cielo al Emperador Constantino cuando iba a Roma a luchar contra el martirizador que usurpó el poder. Usando un estandarte en forma de cruz, el Emperador Constantino salió victorioso. Habiendo recibido la ayuda por medio de la cruz del Señor, Constantino le pidió a su madre, la Emperatriz Elena, que encuentre la vivificadora verdadera cruz. La piadosa Elena emprendió el viaje a Jerusalén y luego de mucha búsqueda la encontró. Se produjeron y aún se producen muchos milagros, tanto de la misma Cruz de Cristo, como de su imagen. Con ella cuida el Señor a Su pueblo de todos los enemigos visibles e invisibles. La iglesia ortodoxa conmemora solemnemente el hallazgo de la cruz del Señor, recordando al mismo tiempo la aparición de la cruz en el cielo al Emperador Constantino.

En ambos días dedicados al recuerdo de la santa cruz rezamos pidiendo a Dios que le otorgue Su misericordia no solo a algunas personas, sino que a toda la cristiandad, a toda la Iglesia. Esto lo expresa elocuentemente el tropario de la Cruz del Señor compuesto en el siglo VIII por el Santo Cosme, amigo de San Juan Damasceno, quien escribió todo el oficio de la Exaltación de la Cruz del Señor. «Señor, salva a Tu pueblo y bendice Tu heredad. Acuerda a los fieles reyes la victoria sobre los enemigos y por Tu santa Cruz protege su morada».

El comienzo de esta oración está tomado del Salmo 27. En el Antiguo Testamento con la palabra «pueblo» eran llamados solo aquellos que profesaban la verdadera fe, las personas fieles a Dios. La «heredad» era todo aquello que le pertenecía a Dios, su propiedad, como lo es la Iglesia de Cristo en el Nuevo Testamento. Al rezar por la salvación del pueblo de Dios (los cristianos), tanto del eterno martirio, como de las penas terrenales, pedimos al Señor que Él «bendiga», es decir, envíe Su gracia, Sus dones a toda la Iglesia y la fortalezca internamente. El fundamento del ruego para que «otorgue la victoria a los reyes» está en el Salmo 143:10 y nos recuerda las victorias logradas por el Rey David por la Fuerza de Dios, y también las victorias otorgadas al Emperador Constantino. Esa aparición de la cruz tornó a los Emperadores que hasta ese entonces perseguían a los cristianos en defensores de la Iglesia de sus enemigos externos, en «obispos exteriores», como lo expresó Constantino. La Iglesia, fuerte por dentro por la gracia de Dios, y resguardada desde fuera es, para los cristianos, «ciudad de Dios», «morada de Dios», desde donde sale el camino hacia la Jerusalén celestial. Diversas calamidades azotaron al mundo, hay pueblos que murieron, ciudades y estados que desaparecieron, pero la Iglesia, aún perseguida y desgarrada por dentro, permanece incólume, ya que «las puertas del infierno» no la vencerán. Ahora, cuando los esfuerzos de los líderes mundiales por establecer el orden en el mundo son infructuosos, la única arma certera sigue siendo Aquella a Quien la Iglesia alaba:

¡Oh, Cruz! Guardiana de todo el universo; ¡Cruz! belleza de la Iglesia; ¡oh, Cruz! Cetro de los Reyes; ¡Cruz! Fortaleza de los fieles; ¡oh, Cruz! Gloria de los ángeles y llaga de los demonios.

 
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