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20 de abril de 2020

¡Cristo resucitó!

Hoy celebramos el día de la Resurrección de Cristo, el día de la victoria de Dios no sólo sobre la muerte, sino también sobre el mal. Pero esa victoria no fue conseguida solo por Dios únicamente. El Hijo de Dios, al convertirse en Hijo del Hombre, venció al mal como Hombre con Su fuerza Divina. Por medio de la encarnación Dios utilizó Su humanidad, nuestra humanidad y nos hizo partícipes de esa lucha. Cada uno de nosotros es una pequeña parte del cuerpo de Cristo, cada uno de nosotros está llamado, como nuestro Señor Jesucristo, a participar de la salvación del mundo y de la victoria sobre la muerte. Por ello, empecemos a regocijarnos no sólo por el amor de Dios, Su misericordia, Su grandeza y Sus generosos dones – sino regocijémonos también de que, en nuestra humanidad, somos capaces de unirnos de tal manera con Dios que en nosotros y por medio de nosotros el mal puede ser destruido, es decir, no sólo nuestros pecados personales, ni nuestras debilidades, sino también al “maligno”, al tentador, aquel que en el desierto intentó vencer la Divinidad con la humanidad. Agradezcamos a Dios por Su victoria, pero también regocijémonos por la profundidad, la grandeza, las infinitas posibilidades de nuestra naturaleza humana.

Pero si esto es verdad, debemos recordar que la victoria de Cristo lograda en nuestra humanidad, es también un llamado para nosotros. Jesucristo nos llama a entrar en Su esfuerzo. Nos llama a salir a la lucha cuerpo a cuerpo con el mal, al igual que Él lo hizo. Debemos vencer el mal que hay dentro de nosotros; pero también debemos luchar contra el mal que hay a nuestro alrededor con amor, tanto con el mal colectivo como con el personal. Porque Cristo resucitó, pero el resucitado Jesucristo todavía tiene en Su cuerpo las huellas de la pasión. En Sus manos están las heridas de los clavos, Sus pies están traspasados, en Su costado está la herida de la lanza, Su cabeza lleva las llagas de la corona de espinas; y todas esas heridas no sanarán mientras haya aunque sea un pecador sobre la tierra. Y ese pecador puedo ser yo, puede ser cada uno de nosotros. Por ello, tomemos la victoria de Dios, pero también el precio con que fue lograda por Cristo, en su entera plenitud. Debemos entender que esto significa que tenemos en nuestro poder el entregar a Cristo a la crucifixión; o peor aún: podemos estar entre aquellos que lo crucificaron, que lo siguen crucificando, si nos unimos a la multitud de aquellos que con su mala voluntad pecan contra Dios. O bien podemos llevar y compartir la cruz a la que fue clavado Él, porque en el bautismo y a través de él, todos nos convertimos en miembros vivos del cuerpo de Cristo. Y cuando entregamos ese cuerpo, esa alma, esa mente, el corazón y voluntad al poder de Satanás, Cristo una y otra vez vuelve a sufrir en la tierra por nuestra causa.

Y eso no es todo. Como somos de Cristo, estamos llamados a ser en la tierra lo que Él fue en los días de Su vida encarnada. Fuimos enviados al mundo a vencer con Su fuerza, junto con Él, esa victoria que Él ya logró, pero que día a día nos tiene que vencer a nosotros mismos y vencer todo mal que domina a aquellas personas a quienes Él vino a salvar. Fuimos enviados como ovejas en medio de lobos, fuimos enviados a vivir y, de ser necesario, morir, para que otros puedan revivir y entrar en la vida eterna. Por eso recibamos la celebración de la Resurrección como un signo de la victoria ya lograda, pero también como un llamado a entrar en el esfuerzo espiritual de Cristo y junto con Él a vencer el mal en nosotros y el poder del mal sobre toda persona a nuestro alrededor. Purifiquémonos, santifiquémonos para que la victoria de Cristo, lograda de una vez y para siempre, se disemine por todo el mundo como un incendio, como la luz, como las alegrías, como la vida. ¡Аmén!

¡Cristo resucitó!

 
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