Iglesia Ortodoxa Rusa en la Argentina - Hieromártir Athenogenes
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29 de julio de 2012

Hieromártir Athenogenes

Conmemoración del hieromártir Athenógenes, obispo de Heracleópolis y sus diez discípulos.- 1 Cor. 1:10-18- Mat. 4: 14-22 En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. El Señor nos dice:”Arrepentíos, porque está cerca el reino de los cielos” Hoy conmemoramos al hieromártir Athenógenes y sus diez discípulos, pero antes vamos a precisar en que consiste ser un mártir para entender de este modo el mérito y la gracia del conmemorado santo. Según la tradición de la Iglesia Ortodoxa, el hieromártir, es un mártir, que a la vez pertenece al clero, ya sea diácono, sacerdoto u obispo, aunque puede tratarse también de un monje. El término mártir proviene del griego μάρτυς, -υρος, y significa testigo, esta denominación es utilizada por la Iglesia para referirse a aquellos que mueren por Cristo. Sin embargo, hoy se quiere emplear esta palabra para designar a los que mueren heroicamente ya sea por un ideal político, social, religioso o caritativo, pero nada más inadecuado, ya que estos podrán ser héroes, campeones, líderes o adalides, pero nunca mártires. El diccionario de la Real Academia Española, presenta como primera acepción del término mártir, que el mismo viene a significar que se trata de una persona que padece la muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la religión cristiana. De este modo, para ser mártir se requiere sufrir la muerte o el martirio por amor a Jesucristo, por guardar sus Mandamientos, por ser fiel a la Fe, no se trata de sufrir o morir simplemente por cualquier cosa, sino que la causa es sufrir la muerte, torturas por amor a Dios; por lo cual San Agustín, Padre de la Iglesia del siglo IV, que: “Martyrem non fecit pœna, sed causa”: es decir, no es la pena sino la causa lo que hace al mártir. Las virtudes características de un mártir son: la paciencia, una fe heroica, una esperanza triunfal, una valentía excepcional y un amor ardoroso a Dios, por tanto el mártir da testimonio de su Fe con su sangre, es decir, con el sacrificio de su vida. Esto supone dos cosas: estar convencido firmemente de la verdad de Dios y tenerle un gran amor. Niños, muchachos, delicadas vírgenes, adultos, ancianos, padecían horrorosos tormentos durante horas, durante días; sufrían en silencio, muchas veces jubilosos, dando testimonio con su sangre de su Fe y Amor a Dios. Es tan grande el martirio que basta demostrar que uno ha sido mártir para ser canonizado sin necesidad de milagros, porque ha dado la prueba mayor de amor a Dios que es dar su vida por Él. De este modo, tomemos hoy como ejemplo al hieromártir Athenógenes y sus diez discípulos, quienes sufrieron el martirio por Cristo durante la persecución de los cristianos, en la ciudad de Sebastea en Capadocia, hoy Turquía. En aquel momento, el gobernante de dicha región, Filomacos, había organizado un gran festival en honor de los dioses paganos y le exigió a todos sus habitantes que ofrecieran sacrificios a los ídolos, pero la mayoría de ellos, como eran cristianos se negaron a participar en esa impía celebración, como los ciudadanos de Sabastea no acudieron a ella, el gobernante ordenó a sus soldados que mataran a los que se resistieron, lo que causo que muchos cristianos recibieran la corona del martirio. Al enterarse el gobernador que el cristianismo se estaba propagando gracias a la predicación llena de gracia del Obispo Athenógenes, el gobernador demandó que sus soldados encontraran y arrestaran al santo obispo y sus diez discípulos, quienes vivían en un pequeño monasterio no muy lejos de la ciudad. Los soldados no encontraron al Obispo pero si arrestaron a sus discípulos, el gobernador ordenó que los ataran con cadenas y que los arrojaran en una prisión; pero finalmente el obispo Athenógenes, fue también arrestado, al momento de acudir a Sebastea para dar testimonio ante el juez, que los que habían sido arrestados eran inocentes. Durante su encarcelamiento, San Athenógenes animó a sus hijos espirituales para que se mantuvieran firmes en la fe frente a quienes los amenazaban con crueles tormentos; seguidamente estos después de ser juzgados, por confesar su fe, y negarse a ofrecer sacrificios a los ídolos, fueron decapitados. Después de la ejecución de los discípulos, los verdugos recibieron órdenes de torturar al santo obispo, quien fortalecido por el Señor, soportó toda clase de torturas con dignidad y fe, solicitando como única petición, el que fuera ejecutado en su monasterio; seguidamente cuando el Obispo fue llevado a este monasterio, primeramente el Santo le dio las gracias a Dios y se regocijó en los sufrimientos que había recibido, puesto que con ello participaba de los sufrimientos de Nuestro Señor, considerando ello una gracia excelsa, y un gran privilegio. Por último el Santo Athenógenes, antes de ser decapitado, rogó al Señor que perdonara a sus martirizadores, dando una vez más el ejemplo cristiano de perdonar a los enemigos y rogar por ellos. La tradición recoge el testimonio que dice que el Señor le concedió a nuestro santo obispo mártir el consuelo de escuchar su voz divina antes de morir, al igual que el buen ladrón penitente, cuando le fue prometido: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". De este modo los mártires dan su vida no sólo para dar testimonio de su fe, sino para mantener la unidad de la Iglesia, ejemplo de ello es el apóstol Pablo, que conforme lo que hoy hemos escuchado, ruega para que todos estemos unidos en una misma fe sin escisiones ni partidismos, teniendo un mismo pensamiento y un mismo sentir, evitando todo tipo de contienda, y para ello nos amonesta, exclamando: “Está dividido Cristo? ¿Por ventura fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O en el nombre de Pablo fuisteis bautizados? Por lo que el santo Apóstol da gracias a Dios de no ser el protagonista principal, contentándose tan sólo de ser un servidor de la voluntad divina, un medio para que la palabra de Dios triunfe en nosotros. En este contexto hagamos votos para que movidos por el ejemplo de los mártires, podamos vencer nuestro propio criterio, para que Cristo viva y reine, sólo El, abandonando todo lo que se Le opone, siguiendo el ejemplo de los apóstoles conforme hemos escuchado hoy en el Evangelio, puesto que de lo contrario no habremos entendido aquello que el Apóstol Pablo nos dice, que: “la palabra de la cruz, para los que perecen, es una insensatez; mas para los que se salvan. Es una fuerza de Dios” Amén.

 
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