Iglesia Ortodoxa Rusa en la Argentina - TRINIDAD
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08 de junio de 2014

TRINIDAD

El Espíritu y el mundo entre el Cenáculo y Babilonia “¿Cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua en la que hemos nacido?” (Hch 2:8) Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo Hay un hecho muy importante que aconteció en Pentecostés: ¡los hombres se entendieron! Cuando los discípulos se llenaron en el día de Pentecostés del Espíritu Santo, “empezaron a hablar…” (Hch 2:4). Había judíos procedentes de todas las naciones bajo el cielo, Partos, Medos y Elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, del Ponto y de Asia…, quienes, al ocurrir este estruendo, estaban desconcertados porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Se maravillaban, diciendo: “Miren, ¿no son Galileos todos estos que están hablando?” (Hch 2:7). ¿Cómo todos los presentes, siendo que utilizaban idiomas diferentes, pudieron entender la prédica de los apóstoles en el día de Pentecostés? Hay varias posibilidades: gracias al Espíritu Santo, todos entendieron el mismo idioma de los apóstoles (el hebreo); o que cada apóstol hablaba, por la gracia del Espíritu, todos los idiomas de las naciones; o que había una especie de milagro de “traducción inmediata”, por lo que, mientras el apóstol hablaba en hebreo, sus palabras llagaban a los presentes, cada uno en su propia idioma. El texto dice, “y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablaran” (Hch 2:4). A primera vista, el inicio de esta frase da a entender que la segunda posibilidad es probable. Es decir que cada apóstol - por la gracia del Espíritu - hablaba todos los idiomas. ¿Eso significaría que el apóstol hablaba y predicaba primero en hebreo, luego en árabe, etc.? Se entiende del texto que el apóstol predicaba y los presentes de inmediato entendían sus palabras, cada uno en su propio idioma. Además, existe una interpretación patrística basada en la segunda parte del versículo: “…según el Espíritu les daba que hablaran”. Entonces, ¿qué pasó? ¿Hay una posibilidad distinta de las anteriores? ¿Cómo podemos explicar este entendimiento inmediato? ¿Habrá un nuevo idioma que no afecta los distintos idiomas de los hombres, en el cual hablaron los apóstoles? La respuesta es: ¡sí! Cuando vino el Espíritu Santo y llenó a los discípulos, ellos hablaron, por supuesto, en su propio idioma que el Espíritu “espiritualizó”, y así los presentes lo entendieron. Es un estado - tal vez sea posible decirlo así - de traducción espiritual inmediata. En realidad, los santos hablan un mismo idioma a pesar de la heterogeneidad de las lenguas e idiomas. Un rápido vistazo a nuestra tradición cristiana nos muestra justamente cómo los santos hablaban el mismo lenguaje, cada uno en su propio idioma. Hay numerosos testimonios en la tradición monástica según las cuales los santos se encontraban con forasteros que hablaban idiomas que no conocían, y sin embargo, se entendían con ellos, tal como sucedió en Pentecostés. Este estado espiritual es una excepción que supone estar lleno del Espíritu Santo. Y esto sucedió en el día de Pentecostés y puede suceder en cualquier día, en la “plenitud del Espíritu”. Por ello, en nuestra tradición y en los himnos de Pentecostés, hay una clara comparación entre lo acontecido en Babilonia y en el Cenáculo (donde tuvo lugar Pentecostés), entre la confusión de las lenguas e idiomas en Babilonia (Gen 11:7) y el hecho que “cada uno los oía hablar en su propia lengua” (Hch 2:6). Cuando el mal había crecido en la tierra entre los hombres y ellos echaron al Espíritu y se aferraron a lo carnal, Dios decidió confundir las lenguas y dispersar a la gente en pueblos y naciones que no se pueden entender entre sí: “Vamos, bajemos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el lenguaje del otro. Así el Señor los dispersó desde allí sobre la superficie de toda la tierra” (Gen 11:7-8). En Babilonia, tuvo lugar la división, mientras que en Pentecostés sucedió la unión. Nuestro mundo de hoy está tirado entre estos dos polos, entre la división y la falta de entendimiento, por un lado, y la unión y la fraternidad, por el otro. ¿Por qué se diversificaron las lenguas y cesó el entendimiento? ¿Acaso esto se debe a la diversidad de los idiomas? En realidad, hay personas que comparten los mismos conceptos, pero al no hablar el mismo idioma, no pueden entenderse entre sí. También hay personas que comparten el mismo idioma pero tienen diferentes conceptos, y también ellos no se entienden entre sí. Lo acontecido en Pentecostés venció la diversidad de los idiomas; y la unidad en el Espíritu logró el entendimiento a pesar de la heterogeneidad de los mismos. Las lenguas se multiplican y el entendimiento cesa debido a la heterogeneidad y la diversidad de las metas entre los hombres. Cuando las metas de los hombres son contradictorias, heterogéneas o disímiles, entonces no sirve tener aún un mismo idioma, tampoco el conocimiento de varios idiomas. Las razones de las divisiones entre los hombres son muchas, en primer lugar las distintas y diversas ideologías, las que aparecen en la política, en la religión y en las raíces de las civilizaciones. Una corriente estigmatiza a otra de “error”, mientras que ella se presente como “iluminadora”. Las distintas corrientes compiten en pescar a hombres de gran fama, pero finalmente vemos que separan y clasifican a la gente, y llegan hasta dividirlas entre ellos. Parece que los adeptos de tal religión o los partidarios de tal partido son enemigos o competidores para con sus pares. Cuando entran en conflicto los intereses, tras la multiplicación de las ideologías, el verdadero trasfondo de los idiomas es el engaño y la hipocresía. ¿Cómo la gente iba a unirse si el amor nos los une, aún cuando tienen algo en común, como el idioma? Ahí podemos observar el hilo conductor de los medios de comunicación y de la publicidad, muy poderosos hoy en día. Por un lado, la imagen de los medios de comunicación es ensalzar lo falso y desfigurar la verdad, mientras que el lenguaje de la publicidad nunca une a todos, sino que contrapone a las partes o las somete una a otra, sin que tenga siempre la verdad como criterio sino el poder, el poder del fuerte y del poderoso. “El Espíritu conduce a la unidad”, dicen los himnos de Pentecostés. En el mundo de hoy necesitamos más de un Pentecostés que de propaganda o ideologías. Necesitamos del testimonio de una Iglesia viva, que no sea meras palabras, sino la acción de un Pentecostés permanente en la historia. La Iglesia ha de hacer de Pentecostés un acontecimiento permanente. Es decir que la gente se llene del Espíritu Santo, para que ni idiomas ni razas los dividan, siempre y cuando uno sea lo que hay en el corazón: el amor, la paz, el gozo y todos los frutos del Espíritu. No vamos a ser uno si no nos “llenamos del Espíritu Santo”. El lugar donde las personas se reunirán y hablarán un solo idioma es “la santidad” y el corazón puro que acepta “el rocío del Espíritu que arde fuego”. Pentecostés es la perfección de la Providencia divina. Jesús se encarnó, murió y resucitó para establecer a Su Iglesia, que es el espacio para enviar el Espíritu Santo. La finalidad de la Iglesia es la preparación de las almas para el descenso del Espíritu, el Espíritu de la verdad. La Iglesia es la torre de amor que construimos en lugar de la torre de Babel. El espíritu de los intereses y los espíritus de las ideologías siempre dividieron el mundo, mientras que el Espíritu de verdad, el Espíritu Santo, “llama a todos a la unidad”. “Oh Rey Celestial, Paráclito, Espíritu de verdad… ven y mora en nosotros”. Amén.

 
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